Yo escribí cinco versos. El primero empezaba por “A” y terminó dejando su quemazón en mi frente. El segundo unas manos amigas, un beso que acaricia mi costado en el tercero. El cuarto son tu ojos callados como dos horizontes perfectos. Una casa levantándose es el quito. Mis versos no piden pan, ni inteligencia, ni gloria. No piden nada que no sea devorado más tarde cuando llegaron los críticos, cacacenos y elegantes algunos, con sus tejanos y zapatos rojos. Llegaron a juzgar el valor de mis latidos, a envolver sardinas con las hojas de mis libros, a tomar prestada una ilusión para ser examinada con sus microscopios de liturgia y gramática. Llegaron y se llevaron puntos y comas, paréntesis y otras armas punzantes también. Metáforas usadas, pleonasmos caducos, aliteraciones en desuso y claro, la lírica también. Aunque con esa no pudieron pues mi lírica, puta ramera de las tabernas, se envalentona y no se deja ni tocar apenas y abomina de las gramáticas roídas. Lu...
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