Señor mío, Tu que eres luz en las tinieblas, que sabes del sufrimiento y del dolor propio y ajeo, que te miras en todos los espejos, que de todo te sirves y te sirven en todo; pues todo y Tú se dirá siempre igual. Mi amado Señor, Tú que estás y que no estás, que lloras y que ríes (a veces a carcajadas en liturgia) que amas en el despropósito y eres amor propio y ajeno. Que de todo sabes, pues estas donde nadie se aventura y escondes aquello que el hombre pretende. Eres más verdadero que cualquier mentira; pues te nutres de la misma vacuidad (que no de la nada) en el amor, en el vacío, en lo inmenso. Allí, sufres y nos sufres y nos das y robas el sentido que tanto buscamos y estas en todos y en nada. El Dios de las bendiciones y el del castigo, para otros pura fe; por siempre irreverente y benigno, codicioso, juguetón, divino en la indiferencia y maravillosamente cara y cruz de nuestra pena. Me nutro en tu misterio, del mío propio y Tú, bendito Dios del amor, rostro que besa sin ser vis...
No siempre es tan sencillo elevar miradas... elevar nuestra mirada...
ResponderEliminarPero siempre hay que intentarlo...
Un gusto conocer tus letras.